El dolor a la muerte aparece punzante para recordarme que jamás voy a volver a verlos.
Jamás voy a volver a disfrutar de su sonrisa cálida y acogedora, de sus mil cuentos con finales graciosos ni de sus ñoquis caseros.
Las lágrimas me traen recuerdos imborrables: los tangos de fondo que musicalizaban el encuentro, el bastón moviéndose con picardía, sus ojos celestes cansados.
Cuando uno se topa con la muerte encuentra mil preguntas y ninguna respuesta. Pero, irónicamente, entiende que es un dolor que va a acompañarlo de por vida.
Me gusta pensar que es el fin del cuerpo y la apertura de los recuerdos.
Los abuelos son el tesoro más infinito y valioso que me regalo la infancia.
Hoy habitan en un lugar más intangible: dentro de mí.
La persiana se cierra. La luz penetra por los recovecos.

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